Una mañana de invierno vino mi madre a despertarme para ir al hospital porque mi abuela estaba muy mal y quería hablar conmigo. Me puse lo primero que encontré y me fui deprisa. Al llegar, mi abuela me extendió la mano sin decir nada, me dio una cajita y se murió. En ese momento no entendí nada, sólo hacía llorar y nada más que llorar. La cajita era rectangular, hecha de madera, de color negro, y con cuadrados. Al abrirla sonaba una música muy bonita y relajante. Después de un rato me vinieron unos recuerdos que me empezaron a aclarar un poco la cosas.
Hace ocho años, cuando yo tenía seis, veía todos los días a mi abuela llorando frente a una cajita. Yo no entendía nada y cuando le preguntaba que por qué lloraba o qué significaba aquello para ella, me decía que yo era pequeña para entender ciertas cosas. La relación entre mi abuela y yo era muy buena. Éramos como como amigas, hermanas, madre e hija y abuela y nieta, todo a la vez. Siempre solíamos estar juntas y ella siempre me decía que era su nieta preferida. Cada vez que me enfadaba o me peleaba con mi madre me escapaba de casa y me iba a la de mi abuela.
Pasaron los años y dejó de importarme o intrigarme la cajita, hasta que una noche soñé con mi abuela. No era un sueño normal: aparecía ella y a su lado la cajita que me entregó al morir. Y me dijo: “Estoy molesta y triste contigo”. Yo no entendía nada, me desperté de madrugada, y fui a hablar con mi madre. Le expliqué mi sueño, y entonces ella me dijo: “ Ya es hora de que sepas. Tu tatarabuela murió cuando tu abuela tenía ocho años, y tan sólo pudo dejarle como recuerdo esta cajita. Era lo único que conservaba de ella, y tu abuela lo apreciaba mucho.”
Omayma Benslaimann DBH2-B
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