Para mí, algo sagrado es mi radio. Sí, puede parecer una chorrada, pero este pequeño aparato es mi mejor consuelo durante muchas horas. Por ejemplo, los lunes a la mañana en los que no te apetece hablar con nadie, en los que estás de tan mal humor que ni siquiera te molestas en ponerte el mismo par de calcetines. En esos momentos, la radio ayuda. Porque la música por la mañana levanta el ánimo y es el mejor remedio para cortar los silencios incómodos que pueda haber. Y si el día es soleado, da igual lo temprano que sea, enciendo la radio mientras desayuno – muchas veces de pie por la falta de tiempo – y me pongo a bailar.
También me ayuda cuando voy a casa de mi padre. Esta casa, mirada desde un punto “objetivo” es “sencilla”, tiene lo justo y necesario que una casa debe tener para la supervivencia de sus habitantes: la ducha, la lavadora, un microondas... Pero desde un punto de vista realista, se puede definir como una “mierda”, dado que no tiene ninguno de los aparatos tecnológicos que un adolescente normal – como yo – necesita: un ordenador, un teléfono, una tele con más de siete canales...
Pero !ahí está la radio! Para ayudarme. Antes de quedar con mis amigas, sintonizo una emisora – no voy a decir cuál, para no hacer publicidad – y mientras me tumbo en la cama y la escucho, las letras de las canciones me ayudan a evadirme, como si estuvieran cantando una nana. Voy relajándome y por unos minutos olvido los problemas que pueda tener.
La radio es muy importante para mí. De pequeña me sentaba en el regazo de mi abuelo mientras él la escuchaba – algo que me resultaba asombroso, ya que estaba más sordo que una tapia -. Por eso digo que es un objeto tan importante para mí, y no sólo para mí: también lo ha sido y en algunos casos todavía es compañera de muchas amas de casa, porque cuando están cocinando, su marido en el trabajo y los niños en el colegio, su mayor compañía es la voz de algún periodista o de algún cantante – quizá ya muerto por una sobredosis -.
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