Yo no soy de esas que cogen aprecio o cariño a cualquier cosa fácilmente, pero sí tengo cariño especial a un objeto que suele ser cotidiano para cualquier persona: un espejo. Está situado en una puerta del armario de mi cuarto, y !cómo no!, esa puerta siempre está abierta.
No es que sea presumida, o que me crea la más guapa del mundo, porque sé que eso no es así ( aunque mis padres piensan que soy muy presumida, porque cuando entran en mi cuarto en mi cuarto siempre estoy sentada delante del espejo). Entonces, un día me lo quitaron. Pero al cabo de cuatro semanas me lo devolvieron porque todos los días estaba molestando, diciendo: “!Quiero mi espejo!”... pero esto tiene una razón.
Los días que me deprimo y echo a llorar, me miro a espejo con la lágrima a medio caer y me digo a mí misma: “¿Por qué lloras, tú, que eres una persona alegre y feliz? Tú deberías de estar saltando, cantando y disfrutando de la vida por ahí, y no delante de un espejo, llorando como si no tuvieses a nadie”. Aunque parezca una tontería, al mirarme al espejo en vez de ver mi apariencia veo lo que siento a través de mi mirada, o por el contorno de mi boca. Si estoy feliz, veo una sonrisa en la cara. En cambio, cuando estoy triste veo un destello de brillo en mis ojos que expresa toda la rabia acumulada. No sé cómo explicar que el espejo es fundamental para mí, el espejo me hace sentir a gusto, como si tuviera alguien que me comprende... aunque ese alguien sea el reflejo de mi propia imagen.
Ainhoa Esnaola DBH2-A

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