viernes, 4 de mayo de 2012

Pérdida



                                                                      



Hay muchas cosas que me gustan en esta vida: me gusta mucho estar con mis padres, con mi hermana, jugar con mis primos pequeños, estar con las amigas, ir de tiendas porque me encanta la ropa, los zapatos, etc – creo que como a todas las chicas de mi edad -.

Pero a lo que verdaderamente doy importancia, no por el dinero que cuesta, sino por el sentimiento que tengo hacia ello, es una pulsera que me regalaron mis abuelos cuando hicieron un viaje a Coruña. La compraron en una tienda muy famosa allí. Cuando entraron en la tienda, vieron muchas cosas bonitas y buscaron entre todas ellas una que fuera especial para mí. Vieron esta pulsera colgada en el escaparate y pensaron: “ésta es para Ane, porque es sencilla y a la vez especial, como es ella”. Vinieron muy contentos a casa para entregarnos todos los regalos que habían traído, pero en especial a mí. Esta pulsera significaba mucho para ellos, porque era la primera joya que compraban a su primera nieta. Por eso yo le tengo un especial cariño.

La pulsera, como bien he dicho, es sencilla, blanca y con un amuleto que colgaba de ella, pero que por desgracia se me perdió. No me gustaría perder la pulsera por nada del mundo, y por eso la llevo siempre encima, como si fuese una parte de mí. Un día fui con mis amigas a pasar la tarde a la playa de Deba. Para meterme en el agua, me quité la pulsera y la metí en la mochila. Pasamos la tarde jugando y metiéndonos en el agua y no la eché en falta. Pero luego, al vestirnos y al ir a ponerme el reloj y la pulsera me di cuenta de que no estaba en la mochila. Me puse muy nerviosa y empecé a buscarla por la arena y no hice más que empeorarlo, porque removía la arena y podía hundirla más.

Mis amigas me ayudaron, pero no conseguimos encontrarla. Yo me quedé muy mal y triste, había perdido el objeto más importante que tenía, el regalo de mis abuelos. Recogimos todo y decidimos marcharnos. Cuando mi amiga cogió su mochila y abrió el bolsillo se dio cuenta de que ¡la pulsera estaba allí! Tenemos el mismo modelo de mochila, y yo me había confundido: en vez de guardarla en mi mochila, la guardé en la suya sin darme cuenta.

 Me llevé una gran alegría: cogí a mi amiga, y le empecé a dar abrazos y besos y parecía como si estuviese loca, toda la gente nos miraba. Mi amiga no entendía que me preocupara tanto por una pulsera, así que le expliqué por qué la apreciaba tanto. Ahora procuro no quitármela para nada, pero tampoco puedo llevarla siempre, porque se me puede enganchar y romper.

Bueno, éste es mi objeto preferido, y espero que no me vuelva a pasar una experiencia terrible como aquella de Deba, porque tanto mis abuelos como yo nos pondríamos muy tristes.


Ane González. DBH2-C

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