Hay muchas cosas que me
gustan en esta vida: me gusta mucho estar con mis padres, con mi hermana, jugar
con mis primos pequeños, estar con las amigas, ir de tiendas porque me encanta
la ropa, los zapatos, etc – creo que como a todas las chicas de mi edad -.
Pero a lo que
verdaderamente doy importancia, no por el dinero que cuesta, sino por el
sentimiento que tengo hacia ello, es una pulsera que me regalaron mis abuelos
cuando hicieron un viaje a Coruña. La compraron en una tienda muy famosa allí.
Cuando entraron en la tienda, vieron muchas cosas bonitas y buscaron entre
todas ellas una que fuera especial para mí. Vieron esta pulsera colgada en el
escaparate y pensaron: “ésta es para Ane, porque es sencilla y a la vez
especial, como es ella”. Vinieron muy contentos a casa para entregarnos todos
los regalos que habían traído, pero en especial a mí. Esta pulsera significaba
mucho para ellos, porque era la primera joya que compraban a su primera nieta.
Por eso yo le tengo un especial cariño.
La pulsera, como bien he
dicho, es sencilla, blanca y con un amuleto que colgaba de ella, pero que por
desgracia se me perdió. No me gustaría perder la pulsera por nada del mundo, y
por eso la llevo siempre encima, como si fuese una parte de mí. Un día fui con
mis amigas a pasar la tarde a la playa de Deba. Para meterme en el agua, me
quité la pulsera y la metí en la mochila. Pasamos la tarde jugando y
metiéndonos en el agua y no la eché en falta. Pero luego, al vestirnos y al ir
a ponerme el reloj y la pulsera me di cuenta de que no estaba en la mochila. Me
puse muy nerviosa y empecé a buscarla por la arena y no hice más que
empeorarlo, porque removía la arena y podía hundirla más.
Mis amigas me ayudaron,
pero no conseguimos encontrarla. Yo me quedé muy mal y triste, había perdido el
objeto más importante que tenía, el regalo de mis abuelos. Recogimos todo y
decidimos marcharnos. Cuando mi amiga cogió su mochila y abrió el bolsillo se
dio cuenta de que ¡la pulsera estaba allí! Tenemos el mismo modelo de mochila,
y yo me había confundido: en vez de guardarla en mi mochila, la guardé en la
suya sin darme cuenta.
Me llevé una gran alegría: cogí a mi amiga, y
le empecé a dar abrazos y besos y parecía como si estuviese loca, toda la gente
nos miraba. Mi amiga no entendía que me preocupara tanto por una pulsera, así
que le expliqué por qué la apreciaba tanto. Ahora procuro no quitármela para
nada, pero tampoco puedo llevarla siempre, porque se me puede enganchar y
romper.
Bueno, éste es mi objeto
preferido, y espero que no me vuelva a pasar una experiencia terrible como
aquella de Deba, porque tanto mis abuelos como yo nos pondríamos muy tristes.
Ane González. DBH2-C
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