En nuestra casa lo más sagrado que existe es la foto de nuestro abuelo, fallecido en el 2008. Cuando él murió a cada familiar le fue entregado una foto pequeñita para poder recordarle. La foto se abre como un libro, y lo primero que se ve detrás es la iglesia de Arrate. Mi abuelo se llamaba Juan, y murió de cáncer a los 90 años. Para nosotros la foto es importante porque es la única que tenemos de él, y gracias a ella podemos recordarle.
Mi madre a las noches
siempre habla con mi abuelo pensando que le escucha, y cuando acaba de decirle
cualquier cosa, pone la foto debajo de la almohada y duerme tranquila. Una vez,
ella me dijo (y yo no le creí) que a las noches el abuelo le rozaba por las
mejillas un aire fresco con olor a fresa o algo parecido, y que se movía por la
habitación. A mí eso también me pasó, pero no me vino ese olor. Desde que me
contó eso, yo me asusté. Pero para mí que no es verdad, porque ella dice que es
mi abuelo y no puede ser porque él falleció. Mi abuelo se encuentra en el
cementerio de Eibar, y casi todos los sábados mi madre y mi abuela van a
visitarlo. Las únicas que van son ellas, yo sólo de vez en cuando. La foto que
tiene mi abuelo en la lápida es la misma que está en la habitación de mi madre.
En la parte de la portada está escrito: “Juan, siempre te recordaremos”.
Cuando él murió, mi
abuela puso muchas fotos por su casa, y ni siquiera fue capaz de quitar su
ropa. Dice mi madre que si hubiese un incendio en mi casa lo primero que
recogería sería la foto de su padre; aunque no pudiera llevar nada, ella lo
haría, se quedaría allí en busca de esa foto.
Todos le echamos de
menos, pero yo ¡demasiado!, porque ahora sin ella la casa de mi abuela no tiene
gracia. Y siempre tengo que ir todos los miércoles y viernes allí,
para que mi abuela no se sienta sola…
Eneritz Artetxe. DBH2.C
Eneritz Artetxe. DBH2.C

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