Mi abuelo vivía en Mondragón, pero en verano solía ir de vacaciones a un pueblo de Zamora (Morales de Toro), donde cuando yo tengo vacaciones también voy con mi familia. Era un día de verano, yo todavía en la cama, y mi abuelo estaba ya despierto, vestido y en el patio – la casa tiene un gran patio parte de cemento y parte jardín, pues a mi abuela le gustan mucho las plantas -. Me despertó el ruido del pico y la pala con los que mi abuelo estaba haciendo un agujero en el jardín. Me quedé observando desde la gran ventana de mi habitación – que da al patio -, y después de cavar durante un rato, mi abuelo se agachó y cogió algo que yo no pude apreciar qué era. Acto seguido, se presentó ante mí y me dijo: “Ion, ven conmigo, quiero darte algo”.
Me enseñó una piedra de muchos colores, y hablándome con mucho cariño – como sólo mi abuelo sabía hacerlo -, me explicó que esa piedra y sus diferentes colores significaban las razas de todo el mundo, que a él se la dio su padre y le dijo que le daría muy buena suerte, y así fue. Según mi abuelo, la piedra le había ayudado a ser una buena persona, a formar una familia y ser muy feliz, y luego la enterró en el jardín para tenerla en lugar seguro hasta que llegase el día en que me la diera a mí.
Yo me sentí muy orgulloso de recibir ese gran regalo de mi abuelo, y le prometí que cuidaría de la piedra como si de un gran tesoro se tratara, y que nunca olvidaría lo que significaba, y en los momentos difíciles de mi vida la llevaría conmigo para que me diera buena suerte. Y así ha sido, en más de una ocasión me dado mucha suerte.
Recuerdo que una vez me presenté a unas pruebas de fútbol en las que éramos 150 chavales y sólo iban a coger a 10: me llevé mi piedra y creo que me dio suerte porque superé las pruebas. Y así, en muchas ocasiones. En cierta ocasión, una buen amigo de mis padres, Pablo, se encontraba a punto de dar un de sus famosas conferencias acerca de los derechos humanos. Estaba muy nervioso, yo le dejé mi piedra de muchos colores y la conferencia fue todo un éxito, ya que como había dicho mi abuelo, esa significaba que todos somos iguales y no importa el color de nuestra piel. En la conferencia de Pablo había un niño negro. Se encontraba al frente del auditorio. Cuando terminó el discurso, se soltaron globos de diferentes colores al cielo, a los que el niño no dejaba de mirar. Esto llamó la atención de Pablo, quien levantó el niño en brazos. El pequeño lo miró fijamente y le preguntó si los globos negros también volaban hacia el cielo. Pablo lo miró y le contestó: “Los globos no vuelan al cielo por el color que tengan, sino por lo que llevan dentro”.
Ion Segovia DBH2-A
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