Hace años vivía en un pueblo pequeño y apartado de La Rioja un niño llamado Juan. Tenía cinco años y vivía con su padre, ya que su madre les abandonó cuando él tenía apenas dos años. La relación con su padre no era muy agradable, puesto que éste pasaba todo el día encerrado en el bar del pueblo, bebiendo y atiborrándose de alcohol.
Cuando el padre se iba al bar o a trabajar, Juan iba a casa de su vecino Eduardo, con el que jugaba desde los dos añitos. Era su mejor amigo, y se llevaban genial, como dos hermanos. Conforme pasaban los años Juan fue creciendo y madurando. Cuando alcanzó los 15, estaba un día en casa de Edardo cuando éste le confesó que se mudaba a Madrid. Su madre tenía una oferta de trabajo, y dada su situación económica marcharse era la mejor opción.
Juan estaba derrumbado, ellos eran como su segunda familia. Para que nunca se olvidara de él, Eduardo le entregó a Juan un sello de familia. Los días posteriores a la despedida Juan no levantaba cabeza y cuando estaba en su habitación en un ataque de furia lanzó al suelo el anillo que Eduardo le había regalado. Como no tenía a nadie para consolarle decidió refugiarse en el alcohol y ahogar las penas.
Poco a poco fue acercándose al mundo de su padre. De casa al bar, y del bar a casa. Sin darse cuenta había entrado en un pozo del que no hallaba la salida. Al cabo de unos meses, el padre de Juan murió por un coma etílico. Este suceso lo hundió todavía más. En menos de un año había perdido todo lo que tenía, todos sus seres queridos, porque aunque la relación con su padre no fuera genial, a un padre siempre se le quiere. Además, su padre era el que le mantenía, así que se había quedado en la ruina tras su pérdida.
Meses más arde seguía sin encontrar trabajo, y tampoco tenía dinero ahorrado, pero por suerte conservaba su casa, aunque no podía hacer uso de la luz. Así que para alumbrar la casa usaba una vela. Como no tenía dinero, tenía que apañárselas para poder conseguir saciar su adicción al alcohol. Llegó hasta el punto de empezar a buscar dinero como loco por toda la casa. Cuando estaba en su habitación un día, buscando en un cajón, le llamó la atención cómo un objeto pequeño brillaba por la cálida luz de sol que entraba por la ventana. Se acercó, y asombrado, lo cogió al reconocer lo que era. Repentinamente se le aguaron los ojos y de ellos cayó suavemente una lágrima. Aquel objeto era el anillo que Eduardo tiempo atrás le había regalado. En aquel instante le vinieron a la cabeza todos los momentos vividos con él, y entonces entendió que debía salir de aquel pozo.
Así que sacó fuerzas de donde pudo y decidió empezar de cero. Se aseó como pudo, recogió todas sus pertenencias y se marchó a una ciudad para cambiar de aires. Después de mucho insistir consiguió trabajo como albañil y una residencia donde alojarse temporalmente. Desde entonces todo le fue a mejor.
(un anillo y una vela)

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